Wednesday, February 04, 2009

Las metamorfosis del amor

¿Es el amor entre adultos irremediablemente cuestión de necesidad? necesidad de afecto, necesidad de compartir, necesidad de recuperar una ilusión cierta que otrora dispusimos desde la inocencia del desconocimiento… Me niego a aceptar dicha conclusión. ¿Quién habiendo probado del amor y la seguridad del vivir lo que se desea vivir —ser feliz, simplemente, supongo— podría renunciar a ello por una cuestión de afecto? porque el afecto es cosa que compartimos con los animales. Pero la compañía mutua, la mutua costumbre, queda para lo humano anquilosada en respuestas, paradójicamente, maquínicas cuando no se funda sobre el amor, esa extraña prenda que nos viste… ¿No es el amor la reafirmación de la vida, un exceso de voluntad de vivir?, ¿un excedente del presente?, ¿la plusvalía de lo humano? Y, ¿qué mayor tristeza que la de percibir el alejamiento de aquellos los que amamos verdaderamente? comprobar cómo la comprensión se va tiñendo de juicio desaprobatorio, cómo sus ojos dejan de mirar con simpatía y empiezan a juzgar moralmente, tajantemente, cómo lo que antes consideraran un juego personal, juzgan ahora déficit del propio carácter. Lo que antaño les hiciera reír, ahora les produce bochorno. Lo que ayer fuera liviandad, es hoy enorme peso sobre sus espaldas… ¡Pobres de los que están destinados a dejar de amar, porque atravesarán todos los infiernos de los filósofos!: dudas metafísicas o metódicas, sospechas inciertas, inconscientes, inseguridades y trampas de la especie, afianzamiento en el error más grande del hombre —que no es haber nacido, no— sino creerse “alguien”. Se aferran en su trono identitario para creer que, ni ellos, ni ellas, cambiarán. Que siempre es demasiado tarde. Que todo está perdido. Que debemos empezar de cero. Que nos han decepcionado. ¡Ay! terrible palabra, la “decepción”.

Thursday, December 25, 2008

Campos de batalla

Alzó la cabeza, ladeada. Se había sorprendido a sí misma de nuevo en un irrefrenable acceso de nostalgia. Últimamente, sin embargo, se le había impuesto con claridad un veredicto: el amor era un campo de batalla, y el deseo engendraba en los hombres mayor dolor que la muerte. Ante esta flagrante afirmación, desnuda y débil, se sobrecogía, y no podía sino volver a agachar la cabeza, consternada. Mirar al suelo. Parecíale entonces que su vida había consistido toda ella en una gran batalla, o mejor una larga guerra, como aquellas en las que nadie al cabo puede declararse vencedor y celebrar. No había héroes a los que honrar, sino sólo miserables, no había bondades que agradecer por parte de nadie, sólo contemplaba un viaje funesto a la degradación que había convertido todo lo humano en una mueca cómica, en una burla cruel. Y al fin, lo que antaño entendiera como una historia de amor, se le presentaba ahora, convincentemente, como ejemplo pleno de lo fácilmente degradable que era la naturaleza humana.
Había pensado alguna vez ya antes en los fantasmas que persiguen la generación de la propia conciencia, y en la bestialidad inherente que subyace a la construcción de un "yo". Ya había considerado antes que en la necesidad de sobrevivir se encontraba la razón de nuestro egoísmo radical... de tal modo que pudo comprender también ahora que los tiras y aflojas de las historias de amor no son sino choque de vanidades y orgullos, y que nadie está a salvo cuando el deseo se desboca y los miedos predominan en nuestras decisiones.
Admiró entonces profundamente a aquellos que saben renunciar a tiempo a sus deseos, o a aquellos que son capaces de dominar sus propias pasiones antes de que estas les sumerjan en la fogosidad de la batalla. Ella nunca había sido resistente al sufrimiento, la tristeza le había inundado frecuentemente, como una gran marea, y había dejado luego una aridez peculiar en su corazón al retirarse. Porque siempre llega un día en que de pronto, sin más razón que el paso del tiempo, la tristeza desaparece. Incluso en las voluntades más intransigentes llega un día en el que ya no ha lugar, porque somos volátiles y nuestros deseos tienen el capricho de olvidarse de sí mismos también, volviendo absurdo todo lo que ayer colmaran de sentido, o confiriendo de nuevo el sentido elemental de la pura existencia a la vida, que nada más precisa en realidad, y a pesar de todo este artificio humano.
Y se vio entonces a sí misma como fruto del vaivén de emociones que, por incontroladas, se le habían antojado fuertes y poderosas, no siendo a veces más que rachas de viento sin dirección.
Todo esto era lo que el extraño estado químico en el que había colocado a su organismo le deparaba en forma de pensamientos calmos mientras, de fondo, era testigo de un extraño ritual al otro lado de la puerta: su hermano y su sobrina mantenían su particular batalla de voluntades, fruto también de un amor imposible. La niña, cansada y excitada como se encontraba tras la celebración de la navidad, se empeñaba en mantenerse despierta y en querer estar en la cama de sus padres, mientras no paraba de hablar y golpear con sus piececitos las piernas de su padre, sabiendo que esto irritaba profundamente a su progenitor. Provocadora, seguía insistiendo en su actitud, mientras él oscilaba entre el enfado, la ira y la inseguridad. -Papá, perdóname, yo sí que quiero ir mañana al parque- decía con su voz mimosa, doliente y fingidora -por favor, papá, ¡pero si yo soy buena!. -No te perdono- decía él, -¡porque no te duermes y no nos dejas dormir al resto!.
Así, la danza del amor, el campo de batalla abierto a voluntades confusas, se reproducía fuera de sus ojos, como si de una función teatral oculta tras las paredes se tratara, aunque clara y transparente en su sentido.
-Los campos de batalla nos rodean, y somos siempre soldados rasos que, por no entender, no entendemos ni las razones que nos condujeron a pelear...- pensó. Vino a su mente entonces un sueño recurrente de su infancia en el que su hogar entero parecía un escenario que representaba una jungla, y su familia entera, incluida ella misma, disfrazados de soldados, jugaban a la guerra: se escondían, se agazapaban, corrían por el pasillo apartando lianas, se disparaban y se herían... Los disparos dolían, pero nunca llegabas a morir. Y el juego se reproducía constantemente, retratando una convivencia hostil, aunque, eso sí, todos parecían reconocer que se trataba sólo de un juego. -La guerra es el juego destado del amor...- pensó ella, paladeando su hallazgo, disfrutando de la visible contradicción. También sabía que abandonaría aquella verdad mañana mismo, se perdería nuevamente para encontrarse después paladeando otras formas de conciencia, y entonces el vértigo del lenguaje se le impuso.
¡Qué ternura le produjo pensar todo aquello!, ¡Qué compasión sintió por su propia naturaleza de pequeño animal humano! Casi pudo adivinarse a sí misma de niña, como su sobrina, desarrollando poco a poco los métodos para lidiar con la realidad, para adaptarse al mundo: el fingimiento, la mentira, la manipulación de voluntades ajenas, la ocultación de la voluptuosidad y del egoísmo, la culpa incrustada en cada nuevo giro de la conciencia, el desprecio hacia los demás, todos aquellos por los que se sentía ignorada, la larvada inseguridad que siempre arrastró, y que aprendió a ocultar en su aire ensimismado y su aparente indiferencia hacia el mundo exterior, la lucha de voluntades para acaparar la caricia, la mirada o el cuidado de los más bellos o deseados... Y esa tristeza de saber todo aquello, de saberse humana, le venció. Esa tristeza de ver reproducida la historia en su hermano y su sobrina, y en todos los niños que crecían ahora mismo sobre los campos de batalla de sus progenitores, sobre los campos de batalla de la historia, sobre las guerras del amor y sus secuelas, sobre las luchas fratricidas de egos, sobre frágiles desertores desencantados, que murieron a un lado, retirados de todo fuego y caricia, sobre las lágrimas vertidas del desamor...
Pero dejó de pensar. Agitó la cabeza como para apartar de sí toda esa maraña de ideas, cerró los ojos, y en la rápida decisión de acostarse y leer por un rato, hasta que el sueño químico le acogiera en paz (como ella sabía que iba a ser, como su organismo le anunciaba desde hacía ya horas, tras el sobresfuerzo que había supuesto respirar antes) dejó atrás todo lo que había hallado allí. Ese fragmento de lucidez reposó, como lo hace el polvo en ausencia de viento, atravesado por la luz, o como lo hacen las cenizas cuando el fuego de la hoguera se agota. Planeó la escoria en el aire, primero a la izquierda, después a la derecha, como en el vaivén de un barco, y se posó después sobre la cama sin resistencia. Hacia mañana.

Wednesday, June 18, 2008

derecho a réplica, último de los derechos

No es castigo lo que remedia los corazones
sino simpatía

La equivocación
es odiar
/ se

Esta canción, letra y música, resume mejor que ninguna,
para mí, lo que significa la decepción ante el fracaso del amor.
En ella, las palabras del amante no pueden dejar de sonar como reproche desde el punto de vista del amado: que desea la libertad, que vive el amor del otro como atadura y le genera culpabilidad. Pues, ¿cómo no sentirse culpable cuando se recibe amor y se es incapaz de corresponder? Amar es pensar sobre el otro con la mejor de las intenciones y desearle el mayor bien. Desgraciadamente, no siempre se está a la altura de tal oficio (y digo oficio porque tiene algo de trabajo una vez que se presenta ante nosotros). Lo más difícil de entender es que no hay razones que expliquen la incapacidad de amar; no es la insuficiencia del amante la que limita la correspondencia: no es verdad que no se amara al otro porque tuviera defectos, porque no encajara con nuestro modo de ser o hubiera algo “que no funcionara”, a no ser que lo que no funcionara fuera el amor mismo desde un inicio; porque si acaso algo es insuficiente es la propia naturaleza humana, que no siempre está en condiciones de dar lo mejor de sí. Todo ser humano merece ser amado, todo ser es único, peculiar, valioso. El amante es ingenuo en la expresión del amor, probablemente injusto desde su rapto -que le posee, que le domina y le hace comportarse de manera desproporcionada- al asignar al otro la difícil tarea de corresponder a ese amor, y al mismo tiempo es ciego: ciego para entender que aquello que a él le viene dado tan fácilmente, como una evidencia, sin duda posible, no sea capaz de sentirlo y expresarlo el otro. La condición del amante ante el fracaso del amor es siempre de incredulidad: ¿cómo es posible? se preguntará, "no lo creo", dirá, "no lo creeré hasta que no pongas la mano en el corazón y me digas que se ha acabado verdaderamente. No lo creeré hasta que no me mires a los ojos y me digas que es esto por lo que estamos pasando". El principal fracaso en el amor proviene pues de la incapacidad de donarlo, pero no es algo de lo que se pueda tener culpa, como no se tiene culpa de que amanezca un día lluvioso y gris. El amor no lo inventamos, sino que se nos aparece. La única culpa posible, a mi entender, es matarlo si alguna vez nació. Y esto, a su vez, es igualmente humano, demasiado humano. Ningún juicio excesivamente duro pues, cabe levantar contra semejante acto. Pero la tristeza y la añoranza no es juicio, sino comprobación de lo limitada de nuestra naturaleza, y lo que exige el amante, en esta canción, no es restauración de un daño, sino enfrentamiento de la cuestión: autenticidad, simpatía por el otro, reconocimiento. A pesar de los pesares. Aunque cada uno siga su camino. Y si algún reproche cierto se puede leer entre líneas, no es otro que el de no haber sido capaces de cuidar y hacer perdurar algo tan frágil y valioso como el amor que dos personas pudieron llegar a profesarse un día, y más que un reproche, pudiera ser un llanto por lo perdido, por lo que nunca se repetirá.

“Hand on your heart” José González.

Well it’s one thing to fall in love
But another to make it last
I thought that we were just beginning
And now you say we’re in the past
Look me in the eye
and tell me we are really through
You know it’s one thing to say you love me
but another to mean it from the heart
And if you don’t intend to see it through
why did we ever start?
I wanna hear you tell me
you don’t want my love
Put your hand on your heart and tell me
it’s all over
I won’t believe it till you
put your hand on your heart and tell me
that we’re through
Put your hand on your heart
They like to talk about for ever
Most people never get the chance
Do you wanna lose our love together
Do you find a new romance
I wanna hear you tell me
you don’t want my love
Put your hand on your heart and tell me
it’s all over
I won’t believe it till you
put your hand on your heart and tell me
that we’re through
Put your hand on your heart
hand on your heart
Look me in the eye
and tell me we are really through

Wednesday, May 21, 2008

ECO

No es llamada sino eco
tu nombre en mi paladar
que se pierde en el silencio
como olas en la mar

Sunday, May 11, 2008

estrechar la mano

dame la mano que me ha mirado
dame esa mano tuya que ve

toma mi alma en mi mano toda
tómala bien
Hubo un tiempo

Friday, February 08, 2008

Pájaro Pez

Pájaro.
Donde todos te desataron,
donde la furia del mar no alcanzó tu distancia,
enfermo de velocidad, prisionero de una mirada:
Lejos, apunta lejos en el horizonte,
rebasa el cabo y el escollo y el buque y la galera,
sobrevuela destinos ruines, enarbolado, cargado de ira,
pájaro pez que buceas en el espacio,
pájaro pez volador de mar arriba y cielo abajo.

Come nubes, veteador de dichas, escrutador de amnesias, afilador de guadañas, mago anestesista de desgracias...
Hipoteca nuestras soledades, arruina nuestras certezas.

Somos tu ensueño torturado, tus almas perdidas, tus peones, tus pobres criaturas enfebrecidas de aliento. Tu alfabeto y tu desolación. Pájaro.

Pájaro volador.
Parte al destino incógnito,
llévanos a alta mar,
al lugar sin puntos cardinales,
al lugar de la ausencia de orientación,
donde solo exista un tú y un yo, y un nosotros,
donde no más podamos conocer un dentro y un fuera,
donde la piel sea el filtro de una belleza que se acaricia,
donde no haya que pedir perdón por desmadejar victoriosos las aristas,
a plena luz
de nuestras noches insomnes.
Pájaro pez azul que vuelas,
donde cayó la aurora,
donde todos decidieron desatar,
donde la furia no pudo alumbrar tu distancia,
tan alto te resguardabas en tu mirada ajena.
Y eras sal y arena como agua.
Pez Pájaro Volador.

Thursday, January 24, 2008

Qué le vamos a hacer


Y ahora,
con el alma vacía como tantas
veces,
contemplo el lento paso de los días
que me empujan no sé hacia qué destino
oscuro, presentido
ya sin curiosidad. Es aburrido
saber y no saber, equivocarse
y acertar. También estar seguro
es tan insoportable en muchos casos
como dudar, como ceder, como desmoronarse.

Seguro, a salvo, ahora
que ya pasó el dolor,
observo la zozobra lo mismo que una estela
fundida a mis espaldas
con el espeso limo
de los sucesos cotidianos, dados
-antes de ser recuerdos- al olvido.
La indiferencia ante la propia suerte
no es mejor compañera que la angustia,
ni mi sonrisa
(cuando el azar nos pone,
viejo amor,
frente a frente)

representa otra cosa que la ausencia
de algún gesto más justo
para significar la seca, dolorosa,
irreparable pérdida del llanto.

De Tratado de urbanismo, Ángel González (1967)